1.11.2014

María Cristina de Austria, Reina de España

María Cristina de Austria, Reina de España
Pocos habrían de imaginar que la archiduquesa María Cristina de Austria (1), nacida el 21 de julio de 1858 en Gross-Seelowitz, en pleno corazón de Moravia, llegaría a ser regente de un país tan lleno de contrastes como España durante casi veinte años.

Hija de los archiduques Carlos Fernando e Isabel Francisca de Austria, había visto la luz en un palacio frente a la cordillera de los Cárpatos, donde la vida era muy apacible.

De este matrimonio nacieron también tres vástagos varones: Federico, Carlos Esteban y Eugenio.

SU EDUCACIÓN

La futura reina de España creció en un ambiente culto y según quienes la conocieron, la joven demostró desde sus primeros años su gran amor al estudio, al punto que sus padres la sometieron a las mismas severas disciplinas que aprendían sus hermanos, dedicados a la carrera militar.

No cumplidos los doce años conocía, además de los idiomas vernáculos del imperio, el italiano, el francés y el inglés. Su formación intelectual se completará con el estudio de la filosofía y las ciencias económicas.

Su estricta formación, impregnada del rigor del protocolo austriaco, influenciará todos los momentos de su vida y su formación en la fe católica determinará en ella unas convicciones firmes y profundas. Le gustaba el campo, la caza y la equitación.

Pero la verdadera pasión de María Cristina, llamada familiarmente Crista, será siempre la música. Su perseverancia –horas y horas dedicadas a Mozart, Beethoven y Chopen- hará de ella una buena pianista y una melómana fuera de lo común.

Los archiduques Carlos Fernando e Isabel Francisca
María Cristina era una niña madura, pero alegre y activa, con un gran sentido del humor. El hecho de ser la única niña entre varones, le confiere un cierto espíritu solitario. Era reservada y tímida en la expresión de sus sentimientos.

Según vaya cumpliendo años, su mayor complejo radicará en su escaso atractivo físico, en especial si se la compara con su madre, considerada en su juventud como una de las damas más bellas, elegantes y cultas de la familia imperial y que fue una de las candidatas a esposa del emperador Francisco José.

La archiduquesa María Cristina había heredado los rasgos paternos: tenía el labio inferior algo caído, típico de los Habsburgo, y sufría de miopía. Pero era esbelta y poseía unas manos delicadas.

En conjunto resultaba agradable y especialmente llamativa por su empaque principesco.

En las fechas más tradicionales, los archiduques Carlos Fernando e Isabel Francisca se trasladaban con su prole a Viena, integrándose durante breves jornadas a la vida cortesana del emperador, y en una de estas ocasiones los pequeños archiduques tuvieron oportunidad de conocer, y compartir con él sus juegos, a un muchacho que poco más o menos era de su edad, se llamaba Alfonso de Borbón, y estaba educándose en el Theresianum, centro al que se fueron incorporando sucesivamente los tres hermanos de Crista.

Nadie podía pensar entonces que el príncipe español y la archiduquesa austríaca llegarían un día a unirse en matrimonio.

A los dieciséis años Crista pierde a su padre, que fallece tras una corta enfermedad. Era un hombre amable y modesto, muy querido entre los Habsburgo.

Durante los dos años siguientes, la joven archiduquesa completa su formación y acompaña a su madre en continuos viajes por las cortes centroeuropeas, sin que surja, a pesar de tener ya edad para establecer compromisos matrimoniales, ningún pretendiente en firme.


EN LA CORTE VIENESA

En 1876, acompañada por su madre, María Cristina pasa un largo período en Viena, gustando de la comodidad de los suntuosos palacios y de la dulce quietud de la capital.

Su visita se produce en concomitancia con su baile de presentación en la corte, ocasión para la que ha elegido un largo vestido blanco con un discreto escote en el que su progenitora coloca en el último momento un ramillete de violetas. María Cristina se ha convertido en una mujer elegante y de gran distinción que celebra sus dieciocho años.

Esa noche, el esplendor de los salones del palacio de Schönbrunn, en el más puro estilo barroco, compiten con el brillo incomparable de las joyas de las damas y de las condecoraciones de los caballeros. La luz de miles de velas resplandecen, sobre todo, en las estrellas de diamante que adornan la estupenda cabellera de la emperatriz.

Desde su trono, Isabel de Austria, que entrará en la leyenda con el nombre de Sissi, protege con la mirada los primeros pasos de la joven Crista, que baila un vals en brazos de su primo el emperador Francisco José I. La emperatriz se siente muy unida a esta joven prima que de niña solía acompañarla a Hungría, a su castillo de Gödölö, donde Sissi amaba pasar largos períodos para alejarse del agobiante protocolo de la corte.

Fue ella quien le enseñó equitación a María Cristina, deporte en el que la emperatriz era maestra.

Algunos meses después del baile, el emperador investirá a su joven prima con la dignidad de abadesa del capítulo de Nobles Damas Canonesas de Praga, institución creada por la emperatriz María Teresa en 1755.

Tenía por finalidad acoger a las jóvenes pertenecientes a la nobleza que no tuvieran medios económicos. La dirección siempre estaba a cargo de una archiduquesa.

María Cristina, encargada por su primo de controlar ese ambiente a menudo indisciplinado, logrará imponer, gracias a su gran sentido de la organización y del orden, unas reglas sobre aquellas jóvenes, que en poco tiempo harán de ella una consumada directora.


 CANDIDATA A REINA

En la primavera de 1879, mientras se ocupa de la tarea que el emperador le ha confiado, María Cristina oye rumores sobre su probable candidatura a reina de España como segunda esposa de Alfonso XII, viudo de la adorable reina María de las Mercedes de Orleáns. La figura de la archiduquesa austríaca se perfila con insistencia como la mejor reina consorte posible.

El monarca español, que no tiene ilusión por volver a casarse, no pone, sin embargo, impedimentos a la formalización de ese nuevo compromiso.

Cuando el emperador Francisco José, puesto al corriente de las intenciones del rey de España por medio de su embajador, le confía la noticia a su esposa, Sissi se limita a murmurar: “ Pobre Crista ”. La emperatriz conoce mejor que nadie las trampas del poder y los sacrificios que había que rendirle.

El gobierno de Cánovas encomienda al embajador español en Viena que investigue de forma confidencial las cualidades de esta princesa, pidiendo el rey que se le envíen a él personalmente los informes sobre su posible prometida.

Durante los primeros meses de 1879, el embajador la observa en los bailes vieneses y recaba pareceres de numerosas personas sobre su carácter y la educación que ha recibido.

Las informaciones diplomáticas transmiten una excelente opinión sobre la archiduquesa. El embajador la describe como una mujer alegre, distinguida e inteligente, con gran aplomo para su juventud y físicamente agradable aunque sin ser bella.

Sobre todo, destaca su nobleza de estirpe. Llegan a manos de Alfonso las primeras fotografías de la candidata y el rey la encuentra aceptable.

En Viena, el embajador español expone a la archiduquesa Isabel Francisca y a María Cristina las serias intenciones del rey de España.

Madre e hija se muestran complacidas y se establece un primer acuerdo no oficial. Como condición previa, la joven archiduquesa exige conocer a Alfonso XII en persona, para estar segura de que al menos le agrada y no sentirse un mero objeto de las razones de Estado.

El rey alaba la idea y encarga al embajador español  la organización del encuentro, que conllevará ciertas dificultades.

El gobierno, por su parte, se opone a que el monarca se ausente de España para realizar el viaje a Austria. La archiduquesa Isabel Francisca, por la suya, se niega a que su hija se traslade a Madrid, ya que, si el noviazgo no prospera, el honor de Crista quedaría en entredicho.

Finalmente se decide un encuentro de incógnito y en lugar neutral, lejos de las fronteras de ambos países. Para ello se designa la localidad francesa de Arcachon. Allí se trasladará María Cristina bajo el título de condesa de Seelowitz y Alfonso bajo el de marqués de Covadonga.


 Villa Bellegarde, Arcachon, Francia

Dicho encuentro tiene lugar en villa Bellegarde en el verano de 1879. María Cristina está acompañada por su madre y el rey por su secretario Morphy, el marqués de Alcañices, el conde de Serrallo, el marqués de Torrelavega y el duque de Tetuán, fieles amigos y consejeros. Cuando Alfonso XII atraviesa el portal de la villa una cálida tarde de agosto, sus ojos escrutan de inmediato a la joven que le hace una profunda reverencia.

Su figura esbelta no corresponde con sus cánones de la belleza femenina, que son los de su época, pero no se puede negar que la archiduquesa tiene el porte de una reina.

Es verdad que sus angulosos rasgos parecen esculpidos en mármol, pero sus modales son exquisitos y su personalidad desprende una gran energía.

Los ojos de María Cristina, en cambio, se iluminan cuando se posan sobre Alfonso, un hombre de talla pequeña y más bien delgado de constitución, pero cuya expresividad y carácter alegre y campechano lo hacen inmediatamente simpático.

Cuando la mirada de Alfonso se dirige hacia la foto de su difunta esposa María de las Mercedes, que se encuentra sobre el piano, María Cristina, viendo su emoción, le dice: " Señor, mi mayor deseo es hacerme semejante a ella, pero no me atrevo a asegurar que pueda nunca reemplazarla".

El rey nunca llegará a amar a María Cristina con la misma pasión que sintió por Mercedes, pero en ese momento la archiduquesa se ganó la admiración y el afecto de Alfonso XII.

Cuando la entrevista termina, la joven archiduquesa se abraza ilusionada a su madre diciéndole: " ¡Mamá, qué guapo es! ".

El rey, por su parte, escucha en silencio cómo el marqués de Alcañices, sin el menor entusiasmo, va ponderando la extraordinaria belleza de María Cristina, hasta que su regio compañero le toma del brazo y le ataja diciéndole: " No te esfuerces en querer quedar bien, Pepe, a mi tampoco me ha parecido muy guapa ...; pero te habrás dado cuenta de que la que está "bomba" es mi suegra ... ".

Durante ocho días, los novios, seguidos de cerca por la archiduquesa Isabel Francisca, pasean por los jardines y las playas de Arcachon, pareciendo a simple vista muy contentos. El acuerdo queda sellado.

 LA BODA

El 1 de septiembre, el rey reúne en el palacio de La Granja a su Consejo de Ministros para anunciarles su próximo matrimonio y designar al embajador extraordinario que, en su nombre, irá a Viena a pedir la mano de la archiduquesa al emperador de Austria.

Finalmente es el duque de Bailén quien viajará a Schönbrunn, donde es recibido el día 21.

A Francisco José le duele perder a la abadesa del noble convento de Praga, pero se alegra de ver a su prima tan feliz. Para testimoniarle su afecto y como regalo de boda le ofrece una dote “real”.

Alfonso XII le ha enviado a la novia, a través de su intermediario, un encantador brazalete de oro incrustado de rubíes y diamantes en el que están grabadas las fechas del compromiso.

Emocionada por tan maravilloso regalo, María Cristina siente que se le hiela el corazón al enterarse de que Alfonso considera esta unión un “matrimonio de Estado”.

Días más tarde, en presencia de Sus Majestades Imperiales y de Bailén, la archiduquesa firma el acta de renuncia a los derechos de sucesión a la corona austriaca.

Durante el transcurso de este acto tiene que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas, ya que sabe que de ese modo abandonará voluntariamente su país, al que tanto ama, y allí dejará a su familia, el mayor apoyo que ha tenido hasta ahora.

Y todo para seguir a un hombre al que apenas conoce y a un pueblo que le parece muy temperamental. Por momentos, cree que nunca logrará gustar a los españoles.

María Cristina deja Viena el 17 de noviembre con rumbo a Madrid. En el camino se detiene en Stuttgart, como huésped de los reyes Carlos I y Olga de Wurttenberg, y luego en París, donde conocerá a su futura suegra.

El encuentro entre ambas mujeres resulta cordial. María Cristina queda sorprendida por la rotundidad física de Isabel II, por sus modales sin afectación y por su risa fácil, que contrastan con los vestidos recargados y las pesadas joyas que usa.

La reina madre, siempre activa, organiza banquetes y recepciones en honor de su nuera. Pide a la duquesa de Sesto que ayude a la futura reina a elegir un nuevo guardarropa. De origen ruso y extremadamente exquisita, la duquesa llama a modistas, joyeros y peluqueros que invaden el palacio Basilewsky.

María Cristina parece un poco perdida en medio de esa alegre confusión. Nunca en su vida ha visto tanto exceso de sedas, brocatos y puntillas. Todos los días le llegan regalos: joyas, cuadros, flores, libros de colección …Ella, que fue educada con austeridad por unos padres nada ricos, se asusta un poco ante tanto lujo repentino.

El buen corazón de la reina madre la conmueve pero su inestabilidad la despista. Y presiente que su relación con ella no será fácil. Por su parte, Isabel II envía un mensaje entusiasta a la madre de María Cristina sobre su próximo matrimonio, entre otras cosas le dice: “ Esa princesa ha de ser nuncio de paz y augurio de venturas, influyendo en los destinos de esos pueblos. (…)

La boda que va a hacer el rey, mi amado hijo, es completamente a mi gusto y la archiduquesa es encantadora por todos los estilos”.

El 23 de noviembre, María Cristina deja París en el tren que la llevará hasta su destino final y, el 24 por la mañana, el rey, la corte y el Gobierno la reciben solemnemente en Madrid y la acompañan hasta el palacio de El Pardo.

Allí, el presidente del Senado felicita en una breve alocución a la novia y le da la bienvenida. María Cristina, ante la sorpresa general, le responde en perfecto español, si bien marcado por el inevitable acento alemán, diciéndole que su mayor felicidad será que los españoles la amen como ella ya ama a España.

En el baile que antecede a la boda, el 28 de noviembre de 1879, se reúnen las respectivas familias de los esposos. Para la ocasión, María Cristina luce un vestido blanco con una cintura de terciopelo malva, cuya larga cola está completamente bordada en plata.

En el salón de El Pardo que en la época de Fernando VI se utilizaba como comedor, se procede a la lectura de las capitulaciones matrimoniales. Las festividades con motivo de su matrimonio son vividas por la archiduquesa como una especie de sueño.

Por más que se sienta apoyada y mimada, el velo detrás del que observa todas las ceremonias no le permite ser muy consciente de la realidad que en breve tendrá que afrontar.

El 29 de noviembre, en una mañana soleada y fría,  la comitiva real pone rumbo a la basílica de Atocha en medio del sonar de los tambores y del saludo de la muchedumbre. La novia viste un bellísimo traje blanco y mantilla de encaje, bordados con las flores de lis de los Borbones y el águila imperial de los Austrias. Ejercen de padrinos los archiduques Rainiero y María de Austria.

Más de un invitado se acordará de una boda casi idéntica que había tenido lugar poco más de un año atrás, pero con dos diferencias significativas: la presencia de la reina madre Isabel II en esta fría mañana de noviembre y la melancolía que puede leerse en la cara del novio.

Más de una vez la mente del rey parece evadirse para revivir una misa similar con otra novia, tan joven y tan romántica, la recordada reina Mercedes. María Cristina se da cuenta de la tristeza de Alfonso y le pide fervorosamente a Dios que le conceda las virtudes necesarias para ganar su corazón.

Para el banquete se inaugura en el palacio real un nuevo comedor de gala, uniendo diversos aposentos y salones, con el fin de evitar que celebración alguna vuelva a tener lugar en el Salón de Columnas, dado que sirvió de capilla ardiente a la reina Mercedes y trae al rey dolorosos recuerdos.

Durante varios días, la corte asiste a recepciones, funciones teatrales, conciertos y corridas de toros, seguidos de fiestas en embajadas y palacetes de la alta aristocracia, en honor de los soberanos.

A principios de diciembre, concluidos los festejos, abandonan Madrid la reina Isabel II y la familia de María Cristina, que siente especialmente la marcha de su madre, a la cual siempre ha estado extraordinariamente unida.

Comienza así una nueva vida en España, a la cual le será difícil amoldarse: todo resulta diferente y contrario a sus costumbres.

 Las jóvenes infantas Paz y Eulalia reciben a su cuñada con cariño: “ María Cristina hizo una impresión muy favorable en nosotros. Era amistosa y bastante reservada, acostumbrada a pesar sus palabras antes de hablar”, escribe Eulalia en sus Memorias.

La reina habla con ellas en francés. Su dificultad para expresarse en español será uno de los principales obstáculos para su completa integración.

Perfeccionista y discreta, prefiere mantenerse callada antes que cometer errores o parecer inoportuna, lo cual conlleva una apariencia de excesiva frialdad.

En público mantiene la compostura, una figura grave y regia. Al pueblo, después de haber podido apreciar la gracia ceceante de doña María de las Mercedes, no le cayó demasiado bien su nueva reina, a la que juzgan de inmediato como una persona distante y estirada, a la que no perdona sus mal disimulados gestos de desagrado en las corridas de toros.

La reina prefiere la intimidad del hogar, los paseos por la Casa de Campo o el Retiro acompañada por el rey y sus hermanas, y las tardes dedicadas a la música, antes que las tertulias y fiestas de sociedad.

Las damas de la Corte encuentran difícil comunicarse con ella debido a su actitud seria y fiel al protocolo asimilado en la corte austriaca.

María Cristina percibe pronto que no despierta simpatías. Ni siquiera los políticos aprecian su clara inteligencia ni su cultura. Necesitaría de tiempo y de probar con hechos bien palpables y en situaciones dramáticas cuáles eran su temple y carácter para que todos pudieran convencerse de que tenían en ella a una de las mejores reinas de España.

 Isabel de Borbón, llamada La Chata, princesa de Asturias


Esta inicial frialdad con la que se la recibe, hizo a María Cristina, probablemente, analizar los actos de reinado de otra soberana a quien, injustamente, tampoco demostró simpatía el pueblo español y cuyo breve paso por el trono estaba todavía relativamente reciente: María Victoria dal Pozzo della Cisterna.

Había de llegar a ser la segunda esposa de Alfonso XII una gran admiradora de la vida y de la obra de aquella efímera y generosa reina de la casa de Saboya. María Cristina tomó a su cargo, desde los primeros momentos, el proteger las fundaciones benéficas que la reina María Victoria había realizado, en especial, el famoso Asilo de Lavanderas.

El principal apoyo de la soberana será su cuñada mayor, la infanta Isabel, también apegada al protocolo pero llana, popular y rancia castellana, muy querida en todos los ámbitos sociales, con la cual tiene grandes afinidades: su pasión por la música, sus profundas creencias religiosas, sus vínculos familiares por el difunto marido de la infanta y el conocimiento que posee de la lengua y cultura germanas.

Isabel acompaña y aconseja a María Cristina desde el primer momento, forjándose entre ellas una estrecha relación que durará hasta el final de sus días.

Alfonso se muestra atento con su esposa, pendiente de que se sienta a gusto. Es evidente que la respeta por su comportamiento regio, pero no la ama. Por obligación dinástica, cumplía sus deberes matrimoniales y con ello su parte del acuerdo.

Solamente esperaba que ella hiciese lo mismo, aportando herederos, a ser posible varones. María Cristina, consciente de su indiferencia, se obsesiona por conseguir enamorarle y este afán la hará sufrir y amargará su alegre carácter de juventud.

A ello contribuyen igualmente otros graves sucesos, como el atentado sufrido por los reyes el 30 de diciembre de 1879, un mes después de la boda, cuando un joven llamado Francisco Otero les dispara dos tiros de pistola al paso del carruaje abierto en el que regresaban a palacio después de su paseo por el Retiro.

Por fortuna, el intento de regicidio falla y ninguno de los dos resulta herido, aunque el impacto psicológico producido en la reina tardará en mitigarse.

Al día siguiente, los soberanos marchan en el mismo faetón, sin escolta de ningún tipo, a dar gracias a la Virgen de Atocha por haber salvado la vida, provocando una calurosa reacción en el gentío que los ve pasar. Por primera vez, María Cristina se siente querida como reina.


ELENA SANZ

Las infidelidades del rey fueron otra carga dolorosa que soportó la enamorada reina. María Cristina tuvo pronto conocimiento de la existencia de otra mujer en la vida de su esposo, pero no salió de sus labios un solo reproche.

La soberana, demostrando un control sobre su persona que no habría sido capaz de mejorar una consumada actriz, sufrió y disimuló su propio dolor.

Ese dolor agudo y punzante que provocan los celos. No era secreto para nadie que muy poco tiempo después de haber quedado viudo, y cuando todavía no estaba decidido a contraer segundas nupcias, Alfonso había buscado consuelo en los brazos de la contralto Elena Sanz, que triunfaba en el Teatro Real y en otros escenarios de Europa.

Elena, al contrario que la reina María Cristina, es atractiva y sensual, una morena de ojos negros trece años mayor que el monarca, con el cual mantenía una intensa y continuada relación. Un amor por el que la cantante de ópera decidió abandonar los escenarios. Y Alfonso, loco de pasión, aprovechaba cualquier momento para ver a su amante.

Elena Sanz se encontraba embarazada cuando el rey contrajo sus segundas nupcias, y dos meses después de la boda con la archiduquesa de Austria, nace el primer hijo de la pareja de amantes, al que llaman Alfonso.

Los anónimos llueven sobre palacio, dando cuenta de la noticia a María Cristina que, furiosa de celos y herida en su dignidad, convence al presidente Cánovas para que expulse de España a la amante del rey.

Por esta razón, Elena Sanz se traslada a París, donde inscribe al niño en el registro civil con los apellidos maternos. Isabel II, que la admira profundamente y ha promocionado su carrera lírica, comete la imprudencia de escribirle una carta, a raíz del nacimiento de su nieto, en la cual la llama “ mi nuera ante Dios”.

Para mayor tristeza de María Cristina, que desde el principio ha hecho esfuerzos para hacerse querer por su suegra, el contenido de la misiva no sólo llega a su conocimiento sino que se divulga por todo el país.

La desaparición de la favorita, además, será sólo momentánea, pues Alfonso se encarga de hacerla regresar inmediatamente a Madrid y de instalarla en un piso cercano a palacio, donde habitualmente la visita.

Paralelamente, la reina se siente satisfecha al saber que se encuentra embarazada por primera vez. El anuncio oficial se produce en abril de 1880, estando ya de cuatro meses. María Cristina vive su embarazo llevando en palacio una sobria existencia.

Oye misa a diario y dedica un rato a la meditación sobre La imitación de Cristo de Tomás de Kempis, profundizando en sus conocimientos teológicos.

Dedica igualmente tiempo a sus clases de español, así como a las de música y canto, organizando a veces pequeños conciertos palaciegos en los que ella misma participa.

Escribe a menudo a su madre, aunque siempre tiene la prevención de no plasmar por escrito sus sentimientos ni noticias comprometidas de la corte.

Poco a poco se suma a las actividades de caridad y obras sociales, en las cuales la introduce su cuñada Isabel, fundadora de muchas de ellas. A estas alturas, algunos cortesanos ya le han colocado el apodo de “doña Virtudes”, por su perfecta compostura habitual.

Durante el verano de 1880, el  primero que la reina pasa en el real sitio de La Granja, todo gira en torno a los preparativos del próximo parto, que la obliga a llevar una vida sedentaria.

María Cristina tiene la gran alegría de recibir en el mes de junio a su hermano Carlos Esteban de Austria, que regresa de un largo periplo americano y desea pasar la temporada veraniega junto a ella. La reina considera que la infanta Paz, amable y bondadosa, sería una esposa ideal para él e intenta influir en pos del noviazgo.

El archiduque, sin embargo, queda encandilado con la infanta Eulalia, más bella y con mayor desparpajo, y logra el permiso de Alfonso XII para cortejarla.

Este compromiso, en cambio, no gusta al archiduque Alberto de Austria, tutor del joven, reticente ante la dudosa paternidad de las hijas de Isabel II, y se deshará tan pronto como su pupilo regrese a Austria.


NACE LA PRINCESA MERCEDES

 En septiembre, la reina da a luz a su primera hija. A sugerencia de la propia soberana, la niña será bautizada con el nombre de María de las Mercedes, en recuerdo de la primera esposa del rey, y amadrinada por Isabel II, que acaba de regresar a España por ese motivo.

Con gran tristeza para María Cristina, la noticia del nacimiento de una niña causa decepción en su esposo, la Corte y el Gobierno, dada la urgente necesidad de afianzar la Corona y la preferencia general de que recaiga en un varón.

El pueblo de Madrid, al escuchar que la salva de cañonazos se detiene en quince, anunciando el nacimiento de una niña, en vez de seguir hasta los veintiuno preceptivos para varón, manifiesta igualmente su chasco.

No obstante, lo más doloroso para la soberana radica en comprobar que a su hija se le niega el rango de princesa de Asturias, tal como le correspondería por ser la primogénita.

Las razones que para ello aducía el Gobierno se basaban en la conveniencia de que como el matrimonio real era joven, y se daba por seguro que había de tener más descendencia, si se reconocía a la pequeña Mercedes como princesa de Asturias, su asignación económica sería superior a la que debía percibir siendo simplemente infanta.

Y el Gobierno –celoso de un presupuesto nada halagüeño- se niega a que se repita el precedente habido con la infanta Isabel, que continuó recibiendo la misma asignación cuando dejó de ser princesa de Asturias al nacer su hermano Alfonso.

Este asunto hiere el orgullo de María Cristina, al ver que no se consideran sus opiniones, celosa de la compenetración existente entre Alfonso XII, su hermana Isabel, Cánovas y el marqués de Alcañices, de quienes parten todas las decisiones relativas a la vida de palacio y el gobierno.

La reina no acierta a imponerse en palacio, y durante el otoño pasa muchos ratos en soledad allí, recuperándose del parto y ocupándose de su hija, mientras las infantas asisten a las corridas de toros, los teatros y las cacerías en El Pardo, acompañadas por Alfonso, que mantiene su relación con Elena Sanz.

En febrero de 1881 tendrá lugar en Madrid el nacimiento del segundo hijo ilegítimo del rey, llamado Fernando.

El monarca firma un decreto reconociendo a la infanta Mercedes como princesa de Asturias, y dos meses después, la pequeña es investida con todos sus honores en el Salón del Trono, en presencia de los soberanos y el Gobierno, para gran satisfacción de la reina.

Los médicos de cámara, pendientes de los problemas respiratorios del rey, le aconsejan los aires de una ciudad costera y los baños de mar. Durante el verano, los reyes realizan juntos su primer viaje oficial por varias provincias del norte.

El viaje resulta enriquecedor e interesante. De regreso a Madrid, la reina mantiene a veces un incomprensible deseo de soledad.


EL NACIMIENTO DE LA INFANTA MARÍA TERESA

Las esperanzas de nacimiento de un heredero varón se renuevan cuando en junio de 1882 se anuncia el segundo embarazo de la reina. Sin embargo, la ilusión por un príncipe se desvanece cuando en noviembre María Cristina da a luz a otra niña, que recibe los nombres de María Teresa y será ahijada de la emperatriz Sissi.

Este nacimiento no solamente decepciona a la reina, por ver truncadas por segunda vez sus esperanzas, sino que tampoco el rey disimula su contrariedad.

Sabe don Alfonso que su estado de salud no es bueno y le preocupa carecer de descendiente varón, pues habida cuenta de las convulsiones que sacudieron el reinado de su madre y lo próxima que estaba todavía la última tentativa carlista de hacerse con el trono, comienza a obsesionarle dramáticamente la idea de que él pueda desaparecer pronto, dejando la Corona sobre las sienes de una niña y bajo la regencia de una esposa totalmente inexperta en asuntos de la gobernación, que no gozaba aún de grandes simpatías populares.

Se rumorea que carlistas y republicanos han celebrado el acontecimiento de la llegada de una niña.


UNA NUEVA AMANTE

Tras dos años de casados, el rey empieza a evidenciar la gravedad de su enfermedad pulmonar. María Cristina se siente frustrada por no engendrar ese niño que todos ansían y cree advertir que Alfonso busca con menos frecuencia el trato con ella, eludiendo su presencia cuanto puede.

Pronto descubre que el rey mantiene desde hace tiempo una nueva relación amorosa con otra famosa cantante de ópera, una bella italiana llamada Adela Borghi, conocida como la Biondina.

La reina consagra su tiempo al cuidado de sus hijas y se ocupa con gran interés de numerosas labores sociales y de beneficencia, mientras su situación matrimonial empeora por momentos hasta hacerla sentirse terriblemente desgraciada.

Si alguna persona en su presencia osa hacer un comentario sobre el comportamiento del monarca, ella responde distante que su marido todavía es muy joven y que Alfonso se divierte yendo de flor en flor, pero que con el tiempo cambiará.

En la primavera de 1883 la corte es escenario de felices acontecimientos, tales como la boda de la infanta Paz con su primo el príncipe Fernando de Baviera o la visita de los reyes Luis I y María Pía de Portugal, que no descartan sellar el compromiso matrimonial de su hijo el príncipe Carlos de Braganza con la infanta Eulalia, aunque la idea no prosperará finalmente.

El ambiente de celebración, sin embargo, no encubre el creciente distanciamiento entre Alfonso XII y María Cristina.

Dada su arraigada discreción, la reina sigue siendo un personaje secundario en la corte, a la cual no ha logrado dar su impronta como otras soberanas.

No ha intervenido hasta ahora para nada en política y no se atreve a alterar las costumbres del palacio real, no todas de su agrado, ni a pedir que sean cambiados algunos servidores, que tampoco le eran demasiado afectos.

Pese a haber dado ya a su esposo dos hijas, que crecen con toda normalidad poniendo una nota de alegría en el regio hogar, María Cristina de Austria sigue siendo una sombra gris, una figura pálida sin matiz alguno, en la que se hace imposible adivinar a la magnífica gobernante constitucional que demostrará ser luego.

Los anónimos, informando a María Cristina de las aventuras del rey, no dejan de llegar a palacio. La infanta Isabel transmite a Cánovas el malestar de la reina, que parece decidida a abandonar España, con permiso o no del Gobierno, aunque sólo sea por un corto período, ya que necesita encontrar alivio en el entorno familiar de Austria.

Por ello, en junio de 1883, llevando consigo a sus hijas, emprende camino a Viena. Durante los dos siguientes meses, María Cristina busca refugio en el campo, visitando a sus múltiples parientes en las residencias veraniegas y asistiendo a la temporada de conciertos wagnerianos en la ciudad de Bayreuth. Todos notan allí el cambio de carácter que ha experimentado.

Ya no es la joven alegre que marchó para casarse con el monarca español. La tristeza y la preocupación dominan ahora sus pensamientos.

A su regreso a España, a finales de verano, la reina encontrará la situación política más deteriorada. Una sublevación republicana fue sofocada, pero el rey, preocupado por los acontecimientos políticos, decidió implicarse más intensamente en la vida pública. Alfonso emprende, dejando a su mujer y a sus hijas en Madrid, un viaje oficial por Austria, Alemania, Bélgica y Francia, que va a resultar un estrepitoso fracaso diplomático, además de una grave ofensa a la dignidad del soberano.


LA EXPULSIÓN DE ADELA BORGHI

Desde finales de año, el rey sufre frecuentes ahogamientos y gran fatiga física cuando sale a cabalgar y cazar por los reales sitios, sin querer prescindir de sus aficiones. Tampoco está dispuesto a abandonar sus relaciones amorosas extramaritales, cada vez más y más notorias. María Cristina llora su tragedia íntima, hasta la hora, de forma extremadamente reservada.

La relación de Alfonso XII con la cantante Adela Borghi, sin embargo, agota su paciencia desde el momento en que el rey, cegado por la pasión, comienza a dejarse ver en lugares públicos en compañía de su amante.

La reina ha soportado hasta ahora la humillación de asistir a las funciones del Teatro Real cuando la Borghi canta y las miradas de los espectadores se vuelven sin disimulo hacia el palco real tratando de observar si la soberana hace algún ademán que delate sus sentimientos. Pero saber que su esposo ha paseado con su amante en coche descubierto por el Retiro, resulta insoportable para su dignidad.

Para colmo de males, así como Elena Sanz había sido una amante desinteresada en lo económico, según parece, Adela Borghi era insaciable en exigir costosos obsequios, y hasta importunaba en las altas esferas políticas con solicitudes de recomendación, apoyándose con el mayor descaro en la publicidad de unas relaciones sentimentales con el monarca de las que iba haciendo gala por todo Madrid.

Una mañana de enero de 1884, la reina María Cristina llama a sus habitaciones a Cánovas y, tras exponerle su enfado por la situación ante las continuadas humillaciones de su esposo, le exige que por el bien de la monarquía cese el escándalo y haga salir a Adela Borghi del país en el plazo de una semana.

El presidente se aviene a actuar en este asunto a espaldas de Alfonso XII y ordena a José Elduayen, gobernador civil de Madrid, se presente en casa de la Borghi acompañado de agentes de policía secreta, la introduzca en un carruaje sin darle opción a comunicarse con el rey, la lleve a la Estación del Norte y la suba en un tren en dirección a Francia, asegurándose de que vaya escoltada hasta traspasar la frontera y se den órdenes allí de no dejarla regresar.

El rey sufre un ataque de furia al enterarse de lo ocurrido, prometiendo vengarse en el momento oportuno de Elduayen. No obstante, a pesar de las drásticas medidas llevadas a cabo, la cantante regresará a Madrid para actuar en el Real y retomará sus amores con Alfonso XII. Se dijo que la historia siguió funcionando hasta la muerte del rey.

Paralelamente, Alfonso mantenía otras relaciones, si bien menos notorias, como la que le unió por un tiempo a una dama de nombre Blanca de Escosura, nieta del gran poeta romántico Espronceda. Ella vivía en un coqueto hotelito de los inicios de la Castellana. Allí organizaba la dama unas veladas literarias a las que acudía frecuentemente el rey.


LA ENFERMEDAD DEL REY

Durante el otoño de 1884, el monarca hace esfuerzos para cumplir con su intensa vida oficial, pero su salud es cada vez más frágil, su respiración más fatigosa y su aspecto más enfermizo. El ambiente de la corte no le favorece y los médicos insisten en recomendarle tranquilidad y aislamiento.

Cánovas, muy preocupado por la inestabilidad institucional que provoca la falta de heredero varón y la enfermedad del soberano, se empeña igualmente en aislar al rey cuando sufre sus periódicas crisis respiratorias, de forma que no llegue a conocimiento del pueblo.

Por ello, Alfonso pasa el mes de noviembre en solitario en el palacio de El Pardo, a donde María Cristina y sus cuñadas acuden con frecuencia a visitarlo.

El inicio del año 1885 no presenta buenos augurios. En enero un terremoto asola las provincias de Almería, Granada y Málaga, con terribles consecuencias: centenares de muertos y localidades arrasadas. España entera se moviliza en acciones solidarias para ayudar a los damnificados. La familia real encabeza las donaciones económicas.

El rey no quiere permanecer pasivo ante la desgracia y decide viajar al escenario de la catástrofe, para recorrer a caballo durante dos semanas caminos y senderos que llevan a los pueblos devastados. El cansancio del periplo supone un duro golpe para su quebrantada salud. Cuando regresa a Madrid se encuentra exhausto.

María Cristina nota muchas veces en las mejillas de Alfonso el calor de la fiebre y pasa las noches en blanco preocupada por la situación del soberano, que nadie aborda en palacio.

Da miedo en la familia real reconocer que sufre una enfermedad que puede resultar mortal. La reina no se atreve ni siquiera a tratar el asunto con Cánovas y tampoco consigue que su esposo obedezca a los médicos y guarde el necesario reposo que le prescriben.

HABSBURGO, CATALINA DE. Las Austrias. Matrimonio y razón de Estado en la monarquía española. La Esfera de los Libros, S.L. 2006
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Cristina_de_Habsburgo-Lorena
( 1 ) El 28 de noviembre de 1901 María Cristina mandó rectificar su partida matrimonial. Así el apellido Habsburgo-Lorena fue sustituido por el de Austria. En el registro figura así la rectificación: «Se subsana el error de la partida de matrimonio de Doña María Cristina con Don Alfonso XII; el apellido Austria debió figurar allí antes que el de Habsburgo y Lorraine».
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